Por Daniel Santana
29/08/2025
La violencia intrafamiliar, para comenzar en primera persona, es un tema en el que muchas veces no creo del todo. ● No porque no exista, sino porque he comprobado que alrededor de este se tejen manipulaciones, maldades y bajezas. ● Distinguir quién dice la verdad y quién miente en un caso de violencia —ya sea de género, maltrato infantil, abuso de envejecientes o personas con discapacidad— requiere de una herramienta clave: el detector de mentiras. ● Esa debería ser la primera vía de investigación en estos casos.
Hace un tiempo escuché un rumor en el barrio Puerto Rico, de Los Mina Viejo. ● Se decía que en una hermosa y grande iglesia llamada Fuego del Espíritu Santo, el esposo de la pastora había cometido violencia de género, y que incluso había abusado de una joven, incluyendo a un familiar. ● Ese testimonio se convirtió en una bola de fútbol: corre aquí, corre allá, de boca en boca.
Conozco personalmente tanto a la pastora como a su esposo, a quien llaman Virgilio. ● Es artista, tallador fino, músico de todos los instrumentos de viento y percusión. ● Lo conocí siendo jóvenes, él trabajaba en Alfonzo Decoraciones en la Tiradentes, y yo en Santo Dalmau. ● Más tarde coincidimos en mi barrio de infancia, en la casa de la honorable familia Gros.
En aquellos días yo me sentía atraído por Iluminada, una de las hermanas, aunque luego me decepcionó porque se casó con un nacional haitiano en estado de abandono. ● Virgilio, “el artista”, me sorprendió al llegar a la casa de los Gros con varios instrumentos musicales en un carro descapotable color vino. ● Era un joven buen mozo y talentoso.
Con el tiempo se casó con Milagros, hermana de Iluminada, mi amor imposible, que nunca se concretó por mi pobreza más que por otra razón.
Y aquí viene lo delicado: frente a las acusaciones que hoy pesan sobre Virgilio, lo que percibo es maldad y rumor más que verdad. ● En el barrio escuché versiones de supuestas violaciones, unas en la iglesia, otras en la playa, y hasta contra un familiar. ● Pero lo que noté en la gente fue más voluntad de destruir reputaciones que de defender la verdad.
No pretendo defender a nadie en particular. ● Lo que sí planteo es que en barrios donde reina la cultura del chisme y del rumor, es fácil inventar verdades a medias. ● Por eso insisto en que el Ministerio Público y los fiscales deberían contar con equipos de detectores de mentiras. ● Esa herramienta permitiría determinar quién dice la verdad y quién miente frente a la justicia.
No defiendo a Virgilio, pastor de la Iglesia Llama del Espíritu Santo. ● Pero digo esto: en muchos casos de violencia de género, intrafamiliar y hasta de niños y adolescentes, se mezclan mentiras, malas interpretaciones y rumores dañinos.
Un ejemplo: un niño que comparte cama con su abuelo o abuela en una casa con un solo baño, por pobreza, puede decir bajo presión que lo vio desnudo. ● De inmediato nace el rumor: “el abuelo abusó”. ● Y así se destruye la moral de una persona inocente.
Esto quizá es lo que hoy enfrenta Virgilio: una reputación cuestionada no por pruebas sólidas, sino por un rumor de barrio.
Hoy mismo he consultado más testigos, y algunos aseguran que lo del pastor Virgilio sí ocurrió. ● Hablan incluso de un acuerdo económico: un pago de dos millones de pesos a la familia de la adolescente involucrada en la supuesta violación. ● Esa versión se repite con insistencia en el barrio.
Pero aquí surge otra pregunta: ¿fue un acto de justicia o un chantaje? ● En nuestra sociedad es evidente que, cuando una persona vulnerable posee recursos, de inmediato aparecen presiones y demandas que buscan aprovecharse de su situación económica. ● Todo parece indicar que algo así ocurrió en este caso: más que una verdad clara, lo que se desató fue un conflicto de intereses y dinero.
La solución: que la verdad no se busque en el chisme, sino en la ciencia. ● Y que las autoridades usen el detector de mentiras como herramienta de justicia.
danielpuerie@gmail.com






