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La humanidad vive en el dilema de la creación y el ateísmo.

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Por Daniel Santana
14 de febrero de 2026.

La humanidad vive atrapada en uno de los dilemas más profundos de su historia: la creación versus el ateísmo.

No se trata solo de una discusión religiosa, sino de un conflicto filosófico, cultural y moral que atraviesa generaciones, sociedades y conciencias.

En juego no está únicamente el origen del universo, sino el sentido mismo de la existencia humana.

¿De cuál dilema hablamos? Ya lo he dicho desde la titulación: creación versus ateísmo.

Dos cosmovisiones opuestas que intentan responder a la misma pregunta fundamental: ¿de dónde venimos y por qué existimos?

El ateísmo se define como la ausencia de creencia en dioses y se apoya, principalmente, en la evidencia material, el pensamiento crítico y los avances científicos.

El creacionismo, por su parte, sostiene que el universo y la vida son el resultado de la acción de un creador, interpretando el orden del cosmos desde la fe y el diseño inteligente.

Este debate enfrenta dos miradas irreconciliables: el naturalismo, que explica la realidad sin recurrir a lo sobrenatural, y la intervención divina, que atribuye propósito, orden y sentido a un creador supremo.

Lo verdaderamente preocupante no es que el ateísmo exista —siempre ha existido—, sino su crecimiento acelerado y su normalización, mientras la fe en la creación y en Dios se reduce a su mínima expresión en amplios sectores de la sociedad.

Pero aquí conviene hacer una pausa honesta: el problema no es solo el ateísmo, sino las razones que lo alimentan.

El ateísmo no es una ciencia. Es una postura filosófica, una posición intelectual o simplemente la negación de la creencia en dioses.

Aunque suele apoyarse en la razón y en los avances científicos, carece del método experimental y empírico que define a las ciencias formales.

Sin embargo, muchos lo adoptan convencidos de que la ciencia ya ha respondido todo lo necesario, especialmente en lo referente al origen del universo y de la vida.

Para otros, la base del ateísmo es la falta de evidencia directa: no ven pruebas suficientes que justifiquen la creencia en Dios y consideran que la religión se sostiene más en la tradición, el miedo o la costumbre que en la lógica racional. Hasta aquí, el debate puede parecer estrictamente intelectual.

Pero no lo es.
Porque la causa más profunda del descrecimiento de la fe no está en los laboratorios, ni en los libros de ciencia, ni en la filosofía moderna.

Está en el comportamiento de muchos que se llaman creyentes.

En conclusión, sostengo que la conducta, el comportamiento y el testimonio de muchos religiosos —que se autodenominan cristianos— son en gran medida responsables del descrecimiento de la fe en la creación.

No es la ciencia la que ha expulsado a Dios del corazón de muchos, sino la incoherencia entre lo que se predica y lo que se vive.

Cuando el mensaje del amor se transforma en juicio, cuando la fe se convierte en negocio, poder o imposición, y cuando el nombre de Dios es utilizado para justificar abusos, hipocresía y deshumanización, el resultado es inevitable: las personas se alejan.

No necesariamente de Dios, sino de quienes dicen representarlo.

Muchos no han rechazado a un creador; han rechazado el mal testimonio de quienes hablaron en su nombre.

Y en ese vacío moral, el ateísmo crece no siempre como convicción profunda, sino como respuesta al desencanto.

La fe no se defiende con gritos, ni con dogmas impuestos, ni con discursos vacíos. La fe se sostiene con coherencia, humildad y verdad vivida.

Mientras eso no ocurra, el dilema entre creación y ateísmo seguirá abierto, y la responsabilidad no recaerá solo en quienes niegan a Dios, sino también en quienes lo han representado mal.