Frente a este hospital recuerdo los sueños de una generación de trabajadores de la construcción. En su origen, esta institución fue pensada como una verdadera casa de acogida para los obreros del país: albañiles, electricistas, carpinteros, varilleros, pintores de brocha gorda, mosaístas y ayudantes. Hombres que levantaban con sus manos las ciudades, pero que muchas veces no tenían un lugar digno donde atender su salud.
Mi vínculo con esa historia comenzó en 1978. En ese tiempo escuché que estaban inscribiendo técnicos electricistas para formar parte del proyecto. Yo trabajaba entonces para una compañía de servicios técnicos vinculada a empresas de ingeniería como INTECA CxA y SERVITECA, y aquella idea me entusiasmó. Decidí inscribirme porque sentía que se trataba de un proyecto que buscaba dignificar al trabajador de la construcción.
Años después, en 1982, pasé a trabajar como técnico electricista en el Hotel Santo Domingo. Desde allí seguía escuchando sobre la idea de organizar una gran federación de trabajadores de la construcción. A mí, en lo personal, aquella iniciativa me fascinaba. Parte de ese entusiasmo también venía porque entre los ideólogos había miembros del Movimiento Popular Dominicano (MPD), organización de izquierda con la que simpatizaba, aunque nunca estuve formalmente empadronado. Recuerdo especialmente a Jorge Soriano, conocido como “El Men”, uno de esos hombres que creían en la organización obrera.
También recuerdo a Pedro Julio Alcántara en su juventud: fuerte, activo, lleno de energía política y sindical. Era un hombre que trabajaba con afán para construir un sindicato sólido y unido que representara a todos los trabajadores del sector construcción.
Aquella idea de una “casa de acogida” para los trabajadores siempre me pareció hermosa. Era un símbolo de solidaridad y de lucha colectiva.
Sin embargo, hoy siento una profunda decepción.
La razón es simple: desde lejos se percibe un alto nivel de concentración de poder y posibles irregularidades dentro de las estructuras que componen la federación. En muchas de ellas, la misma persona figura como presidente: del FOPECONTC, de la federación, del sindicato de albañiles, del hospital y de la casa club de los trabajadores de la construcción.
Cuando el poder se concentra en una sola figura durante demasiado tiempo, las instituciones dejan de ser colectivas y comienzan a parecer propiedades personales. Y eso es exactamente lo que muchos trabajadores sienten hoy.
La decepción se hizo más fuerte cuando revisé el listado de miembros del consejo del hospital y observé que Pedro Julio Alcántara, hoy diputado por el PRM, figura también como presidente. Entonces me pregunté: ¿es correcto que una misma persona concentre tantas responsabilidades y tanto control dentro de una organización que pertenece a miles de trabajadores?
El sindicalismo nació para defender a los obreros, no para crear pequeños reinos personales.
Muchos de nosotros recordamos los tiempos en que los dirigentes sindicales andaban en motor, caminaban entre los trabajadores y compartían sus mismas dificultades. Por eso resulta doloroso ver hoy los contrastes entre la vida de algunos dirigentes y la realidad de los obreros que supuestamente representan.
Para quienes estuvimos cerca de esos primeros pasos, esta situación se siente como una traición al espíritu original del proyecto. Lo que nació para servir a los trabajadores no debería convertirse en un símbolo de distancia entre dirigentes y base obrera.







