Por Daniel Santana
1. La humanidad ha experimentado un avance extraordinario en las últimas décadas. La tecnología, la ciencia y la comunicación han transformado incluso los rincones más remotos del planeta. Hoy, la información viaja más rápido que nunca y las personas están cada vez más alertas ante los abusos.
2. Incluso en comunidades donde no llega el agua potable ni la energía eléctrica, los ciudadanos están más conscientes de sus derechos y más preparados para evitar ser estafados. Ese es el mundo moderno al que pertenecemos, y del cual también formamos parte los dominicanos.
3. En medio de ese proceso evolutivo, contamos con herramientas novedosas como la Inteligencia Artificial, que ha venido a revolucionar la forma en que trabajamos, pensamos y nos comunicamos. Y lo afirmo de manera personal: hasta yo, un hombre de experiencia, he tenido que adaptarme y aprender a usar estas tecnologías.
4. Traigo todo esto a colación porque mi preocupación no es simple ni pequeña: se trata de la salud, de la vulnerabilidad humana, y de un sistema que en lugar de proteger al enfermo muchas veces parece dispuesto a sacrificarlo. Hablo del negocio farmacéutico, y de prácticas que rayan en lo criminal.
5. Un paciente, por su condición, depende del médico, del profesional de la salud, del laboratorio clínico y del acceso a los medicamentos. Cada paso en ese proceso es vital. Sin embargo, esa misma persona se encuentra expuesta a ser engañada en el punto más delicado de su existencia: el momento de buscar su cura.
6. No es un secreto que en el país operan laboratorios clandestinos dedicados a la falsificación de medicamentos. En esos lugares ilegales utilizan sustancias como cal, tiza de escribir y otros compuestos que no solo no curan, sino que ponen en grave riesgo la vida de quienes los consumen. Es un atentado, un crimen contra el más indefenso.
7. Pero lo más alarmante es que a esa práctica abominable se suma otra clase de abuso: el de comerciantes y revendedores que especulan con medicamentos originales y, en algunos casos, se mezclan con el negocio de los falsificados. El resultado es siempre el mismo: el enfermo termina siendo víctima de una cadena de estafas.
8. Las ARS, en teoría, cumplen un rol importante. Ofrecen una cobertura de medicamentos seleccionados y devuelven un porcentaje significativo del gasto. Esa ayuda, aunque limitada, representa un alivio para miles de familias que dependen de ella para costear sus tratamientos.
9. Sin embargo, esa protección se vuelve inútil cuando algunas farmacias actúan como depredadoras, buscando quedarse con el beneficio que corresponde al paciente. Lo viví en carne propia: una reconocida cadena me descontó de manera indebida el porcentaje que la ARS me había devuelto. Eso no es error ni descuido; eso es abuso.
10. Ante este escenario, la pregunta es inevitable: ¿quién vela realmente por el consumidor? ¿Dónde están la DIDA y Pro Consumidor cuando ocurren estas prácticas? Las instituciones que deberían protegernos parecen ausentes, o peor aún, indiferentes ante la realidad de miles de personas vulnerables.
11. Si esto no constituye una estafa, un robo y una burla a la dignidad humana, entonces debemos redefinir el concepto de protección al consumidor en la República Dominicana. Porque lo que está ocurriendo con los pacientes no solo es injusto: es inhumano, insostenible y moralmente inaceptable.







