Por Daniel Santana.
La historia suele ser injusta con las mujeres de los grandes hombres.
A Jantipa, esposa del filósofo Sócrates, la tradición la ha retratado como una mujer irascible, gritona, incómoda.
Sin embargo, pocas veces se analiza el contexto humano que rodeó su carácter, ni el peso de convivir con un hombre que amaba más las ideas que la vida doméstica.
Sócrates pasaba los días en plazas y calles, dialogando, cuestionando, incomodando al poder y a la sociedad.
Su vida era austera, casi indiferente a las necesidades materiales. Jantipa, en cambio, cargaba con el hogar, con los hijos, con la incertidumbre económica y con la ausencia cotidiana del esposo.
¿Era realmente una mujer difícil o una mujer empujada al límite?
Aquí aparece el narcisismo, no como insulto fácil, sino como categoría humana.
El narcisismo no siempre se expresa en vanidad o arrogancia; muchas veces se disfraza de vocación, misión o verdad superior.
Es la creencia silenciosa de que el propio propósito justifica el descuido del otro.
Sócrates, enamorado de la verdad, pudo haber sido ciego ante la vida que lo esperaba en casa.
Ese mismo patrón se reproduce hoy. Hombres y mujeres que se sienten llamados a “algo más grande” terminan convirtiendo el hogar en un espacio secundario, casi prescindible. La pareja deja de ser compañía para convertirse en estorbo. El afecto se posterga.
La presencia se delega. Y luego se culpa al otro por su incomodidad.
Jantipa representa a quienes no entran en la épica del genio, pero sí cargan con sus consecuencias.
La historia celebra al pensador que soportó el carácter de su esposa, pero guarda silencio sobre la mujer que soportó la ausencia emocional de su marido.
El narcisismo siempre gana dos veces: primero, imponiendo su centralidad; después, escribiendo el relato.
Conviene ser claros: este texto no pretende sentar a Sócrates en el banquillo ni absolver a Jantipa sin matices.
Pero tampoco acepta la cómoda idealización.
La brillantez intelectual no exonera la responsabilidad afectiva.
No hay causa, por elevada que parezca, que autorice a convertir al otro en espectador de una vida ajena.
Porque cuando el ego se vuelve doctrina, la pareja se vuelve daño colateral.
Y cuando la historia solo escucha a los grandes nombres, las Jantipas de ayer y de hoy siguen pagando el precio del silencio.






