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Pensadores del siglo XVI y el romanticismo como raíz de la rebeldía estudiantil

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Daniel Santana.

En mi época de estudiante de bachillerato, en un liceo público como el Juan Pablo Duarte, la educación no se limitaba al aula ni al currículo oficial.

Existía una formación paralela, intensa y transformadora, que nacía del pensamiento crítico, el arte y la rebeldía consciente.
Esa rebeldía no surgía de la niñez, sino de la edad en que el ser humano comienza a pensar por sí mismo.

Entre los 16, 17, 18, 19 y 20 años, y en muchos casos hasta los 25, el estudiante entraba en una etapa donde la razón, la emoción y la identidad chocaban con la autoridad establecida.

No era inmadurez: era despertar.

Muchos no lo sabían, pero ese despertar tenía raíces profundas en la historia.

Venía de los pensadores del siglo XVI, cuando el humanismo comenzó a romper el dominio del dogma y colocó al individuo en el centro del pensamiento.

Aquellos filósofos, poetas y escritores no hablaban aún de romanticismo como movimiento, pero encendieron su espíritu: la exaltación del yo consciente, la libertad interior, la crítica al poder y la dignidad humana.

Esa herencia cruzó los siglos y floreció más tarde como romanticismo: arte cargado de emoción, palabra rebelde, música que incomoda.

Por eso, cuando los estudiantes de entre 16 y 25 años parecíamos rebeldes, no era desorden ni indisciplina.

Era la continuación histórica de una conciencia que despierta.

Las ideas se escribían en cuadernos y se cantaban con guitarras.

Cada verso llevaba una pregunta incómoda; cada canción era un acto de protesta.

El arte no servía para huir de la realidad, sino para enfrentarla.

En la tribuna del Liceo Panamericano, espacio de palabra y confrontación, los estudiantes aprendimos a pensar en voz alta. Allí se discutía, se cantaba y se disentía.

Allí entendimos que pensar diferente no era un pecado, sino un derecho ganado por generaciones anteriores.

Ese romanticismo estudiantil educaba tanto como cualquier asignatura formal.

Enseñaba a argumentar, a sentir, a cuestionar y a defender ideas. Formaba ciudadanos antes que obedientes.

Porque educar no es domesticar,
educar es despertar.

Y aquellos jóvenes rebeldes de 16, 17, 18, 19, 20 y hasta 25 años no eran un problema del sistema:

eran su conciencia incómoda.
La guitarra no hacía ruido: despertaba mentes.

La poesía no era ocio: era herencia histórica.

En la tribuna del liceo no se pedía permiso para pensar.

Se pensaba, se decía y se cantaba,
aunque incomodara,
aunque doliera,
aunque el poder temblara.
La verdadera educación siempre ha sido incómoda para los sistemas cerrados,
porque un joven que piensa, siente y cuestiona
no se somete fácilmente.
Y si esa rebeldía nace en la juventud y se extiende hasta la adultez temprana,
si atraviesa siglos desde el siglo XVI hasta nuestras aulas,
entonces que nunca nos la quiten.

Porque un estudiante consciente no es un error del sistema:
es su mayor desafío… y su única esperanza.