Autor: Daniel Santana
Imperativamente hablando, puedo afirmar que conocí de cerca casos que marcaron profundamente la historia judicial y social de la República Dominicana.
Viví, palpé y entendí situaciones como el caso de Llena Aibal y su primo Moline, así como otros hechos estremecedores: el del diácono que incineró a un ser humano en un tanque, y el del profesor de la UASD.
A mis 73 años, tengo el privilegio —y también la responsabilidad— de ser una voz que observa, analiza y cuestiona.
No desde la ligereza, sino desde la experiencia.
Hoy me preocupa profundamente el rol de algunos medios de comunicación y comentaristas. Se ha instalado una peligrosa cultura del morbo.
Se tergiversan los hechos, se distorsionan las verdades y se retuercen las historias con el único propósito de generar visitas, clics y reacciones.
Y esto no es casualidad.
Es el reflejo de una sociedad que, en muchos casos, ha perdido sensibilidad.
Donde el dolor ajeno se convierte en espectáculo y la tragedia en contenido.
Cuando una sociedad le da la espalda al perdón, al arrepentimiento y a la redención, estamos frente a una descomposición social alarmante.
No solo jurídica, sino profundamente humana.
Hoy el país presencia un hecho sin precedentes: condenas largas —de 30 y 20 años— cumplidas en su totalidad.
El caso del niño asesinado por sus propios primos, Llena y Moline, vuelve al debate público, no por el crimen en sí, sino por lo que viene después.
El juez dictó sentencia conforme al código penal.
Las penas fueron cumplidas. Ese es un hecho jurídico incuestionable.
Pero ahora surge la pregunta más compleja, la más humana, la que no siempre encuentra respuesta en la ley:
¿Qué ocurre después?
Si Moline cumplió 20 años y Llena 30 años de prisión, y durante ese tiempo uno de ellos decidió estudiar, formarse e incluso convertirse en profesor dentro del centro de reclusión…
¿Tiene derecho a una segunda oportunidad?
¿Está la sociedad preparada para aceptarlo?
¿O seguiremos condenándolo de por vida, aun después de haber saldado su deuda con la justicia?
La ley castiga el delito. Pero la sociedad, muchas veces, castiga al ser humano para siempre.
Ahí es donde debemos reflexionar.
Porque si no creemos en la posibilidad de cambio, entonces la cárcel no es un sistema de corrección, sino un simple depósito de seres humanos.
Y si es así, estamos fallando todos.
Aquí fijo mi posición, nacida desde la indignación, sí, pero también desde la conciencia:
¿De qué está hecho el corazón de una sociedad que no sabe perdonar?
¿Qué clase de justicia defendemos cuando negamos la oportunidad de redención?
El rencor, el odio y la dureza del alma no pueden convertirse en norma.
Una sociedad sin sensibilidad termina pareciéndose a aquello que condena.
No justifico el crimen.
No minimizo el dolor de las víctimas. Pero tampoco puedo negar la esencia del ser humano: la capacidad de arrepentirse, cambiar y reconstruirse.
Incluso la Biblia, libro de la familia humana, nos enseña el valor del perdón.
Y si creemos en Dios, también debemos creer en la redención.
Para aquellos que han fallado gravemente, pido justicia… pero también misericordia.
Porque sin misericordia, la justicia deja de ser humana.
Los seres humanos tenemos la tendencia de criticar hacia afuera aquello que, en mayor proporción, habita dentro de nosotros.
No sanamos, pero exigimos que otros sanen.
Como en el caso del señor de 83 años, condenado a 30 años de prisión por intento de asesinato con asechanza contra su compañera de hogar: muchos lo consideran una sentencia cruel, casi una condena de muerte.
Y lo entiendo. Es una reacción que nace de la sensibilidad humana, esa misma que, en ocasiones, también contradecimos.
Daniel Santana
El comunitario de la comunidad







