Daniel Santana.
05/09/2025
La primera generación, la de nuestros padres, vivió el amor y la cultura como un tesoro. Allí estaban las serenatas bajo balcones, las cartas escritas a mano, las reuniones de amigos para escuchar canciones de Frank Sinatra, Sandro de América, José José, Camilo Sesto o Nelson Ned. La música era poesía y la amistad, un refugio. El respeto a los mayores, la palabra empeñada y la solidaridad eran valores que sostenían la vida en común.
La segunda generación, mi época dorada, todavía guardaba esa esencia. No existían celulares ni internet; nos entreteníamos con telenovelas, paquitos intercambiados, discos de pasta en la consola o en la vellonera de un cabaret. La mayoría estudiábamos, otros éramos técnicos graduados, y entre hermanos y amigos reinaba la hermandad. Hasta el amargue de un desamor tenía dignidad: se lloraba con un bolero, no con vulgaridad.
Pero la tercera generación, la de hoy, muestra un panorama distinto y alarmante. Muchos jóvenes ya no quieren trabajar ni estudiar; han cambiado el esfuerzo por el teteo, el chisperío, el sexo fácil, el alcohol y la hookah. La música ya no canta al amor, sino que lo degrada. Letras obscenas, palabras que antes eran impublicables, hoy se corean como himnos en plena calle. La vida se vive sin respeto, como si la meta fuera morir antes que aprender a vivir.
Estos hechos me obligan a mirar más allá y señalar una verdad incómoda: el Estado no está cumpliendo con su papel en la preservación de la cultura. El Ministerio de Cultura debería estar recorriendo cada provincia, recuperando las fiestas tradicionales, reviviendo las navidades de antaño con su lechón de Nochebuena, las empanadas de yuca, los villancicos, los arbolitos y las bombillitas que alegraban a la familia.
Debería motivar en las escuelas el viernes cultural, donde los niños y jóvenes aprendan canto, poesía, declamación, teatro, danza y música. Porque la cultura no es un lujo: es la base que moldea la conciencia de un pueblo.
Hoy, más que nunca, necesitamos políticas públicas que rescaten la identidad dominicana. Porque un país sin cultura ni valores propios se convierte en tierra fértil para la vulgaridad, el consumo vacío y la pérdida de la dignidad.
El llamado es claro: si el Estado no asume su rol y la sociedad no despierta, seremos testigos del entierro de nuestra cultura y del triunfo definitivo de los antivalores.
danielpuerie@.com






