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GRAVE DETERIORO Y COLAPSO INSTITUCIONAL EN LA PLAZA DE LA SALUD

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Por Daniel Santana

Es grave, alarmante y profundamente preocupante el deterioro general que atraviesa la Plaza de la Salud. Lo que durante años fue presentado como un emblema del sistema sanitario dominicano, hoy evidencia un colapso institucional, producto del abandono, la improvisación y la falta absoluta de planificación estatal.

Como ha ocurrido con muchas obras financiadas con el sacrificio del pueblo dominicano, los gobiernos de turno han priorizado la construcción de grandes infraestructuras sin acompañarlas de políticas serias de mantenimiento preventivo, gestión eficiente y supervisión continua. El resultado es el mismo de siempre: estructuras que envejecen mal, servicios que se degradan y ciudadanos que pagan las consecuencias.

La Plaza de la Salud no es la excepción; es hoy una prueba viva de ese fracaso.
Hace apenas algunos años, conseguir una cita médica implicaba un tiempo razonable de espera. En la actualidad, los pacientes deben esperar hasta tres meses para poder ser atendidos, aun tratándose de condiciones delicadas que requieren seguimiento oportuno.

Áreas críticas como nefrología, urología (próstata), ginecología, oftalmología, otorrinolaringología y cardiología, entre otras, operan bajo una lógica inaceptable de retrasos prolongados, que ponen en riesgo la salud y la vida de los pacientes.
Pero el deterioro va mucho más allá de la agenda médica. Hoy se percibe una crisis profunda en la atención humana. Empleados que antes orientaban y asistían a los pacientes, ahora ignoran preguntas, no brindan información y muestran total indiferencia frente al sufrimiento ajeno. La deshumanización del servicio se ha vuelto parte del problema.

A esto se suma la falta de puntualidad médica. Profesionales pautados para iniciar labores a las 8:00 de la mañana llegan a las 9:00 o incluso 9:30, sin explicaciones, sin control y sin consecuencias. Para agravar la situación, ya no existen secretarias que organicen y llamen a los pacientes por orden de llegada, como se hacía anteriormente, lo que genera desorden, confusión y malestar generalizado.

La situación se torna aún más inhumana y degradante cuando se observa a pacientes enfermos, mujeres embarazadas, personas con discapacidad y envejecientes obligados a esperar de pie durante horas, debido a la falta de asientos para sentarse. Esta realidad no solo refleja desorganización, sino una grave falta de sensibilidad y respeto por la dignidad humana.
Como si fuera poco, los comedores dentro del centro exhiben los precios de alimentos más altos en comparación con cualquier otro lugar donde se venda comida. Sin embargo, esos precios elevados no se corresponden con la calidad del servicio: los usuarios reciben alimentos caros, de mala calidad y con una atención deficiente, lo que agrava aún más la experiencia de quienes ya se encuentran en condiciones de vulnerabilidad.
Este conjunto de fallas —esperas interminables, trato indiferente, falta de condiciones mínimas, desorganización y servicios sobrevalorados— confirma que el deterioro de la Plaza de la Salud no es circunstancial, sino estructural, profundo y alarmante.
La salud no puede seguir siendo víctima de la negligencia, la improvisación ni del abandono institucional. Cuando un centro de salud pierde eficiencia, orden, humanidad y respeto por el tiempo y la vida del paciente, deja de cumplir su razón de ser.