Por: Daniel Santana
El dictador cubano Miguel Díaz-Canel declaró públicamente en sus redes sociales que él y el pueblo cubano están dispuestos a entregar sus vidas en defensa de la llamada Revolución. Esta afirmación no es un gesto de valentía, sino una confesión alarmante del desprecio absoluto por la vida de millones de ciudadanos.
En su mensaje más reciente, Díaz-Canel aseguró que antes de entregar Cuba a Estados Unidos prefiere dinamitar la isla y hundirla con todos dentro. Decir “la hundimos y nos hundimos con ella” no es patriotismo, es una amenaza extrema nacida del miedo a perder el poder.
El mandatario afirmó además que estaría en primera fila, en su trinchera, combatiendo una supuesta invasión extranjera promovida por Donald Trump. Sin embargo, la historia demuestra que los dictadores nunca mueren en la primera línea, sino que se esconden mientras otros pagan el precio.
Horas después, con un tono sarcástico y manipulador, recordó el incendio de Bayamo como un acto heroico del pasado. Utilizar símbolos históricos para justificar la destrucción presente es una maniobra desesperada de una dictadura sin argumentos ni soluciones.
Estas declaraciones no representan fuerza revolucionaria, sino claras patadas de ahogado de un régimen agotado. Cuando un gobierno amenaza con destruir su propio país, confirma que ya ha fracasado en gobernarlo.
La verdadera revolución no se construye con consignas de muerte ni con discursos incendiarios desde un palacio protegido. Se construye garantizando comida en la mesa, medicinas en los hospitales y dignidad en la vida cotidiana del pueblo.
Un verdadero líder lucha por escuelas públicas en condiciones humanas, con butacas dignas y desayuno escolar garantizado. También defiende libros, uniformes, transporte seguro y maestros respetados y bien pagados.
La revolución auténtica asegura viviendas dignas, electricidad estable y servicios básicos funcionales. No se sostiene sobre apagones interminables, colas humillantes y un pueblo condenado a sobrevivir.
Tampoco existe revolución donde el transporte urbano es inseguro y la criminalidad crece sin control. La seguridad ciudadana es un derecho, no un privilegio ni una concesión política.
Nada de eso se logra reprimiendo al pueblo ni sometiéndolo a una presión psicológica brutal. Gobernar a base de miedo, cárceles y persecución es la firma inequívoca de una dictadura.
Díaz-Canel no habla como un estadista ni como un líder popular. Habla como lo que es: un dictador desconectado de la realidad y del sufrimiento de su gente.
Su discurso está vacío de compasión hacia las madres que no tienen comida para sus hijos. También ignora a los jóvenes que huyen porque en su país no existe futuro.
Cuba no necesita mártires impuestos ni sacrificios colectivos obligados por el poder. Cuba necesita libertad, justicia y un gobierno que ame la vida más que la ideología.







