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Las falsas noticias preocupan a la SIP

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Por: Daniel Santana
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¿Qué es una falsa noticia? Esa es una pregunta que muchos nos hemos hecho en más de una ocasión. Y aunque parezca sencilla, encierra un profundo dilema ético y social. Una falsa noticia es toda aquella información creada o manipulada con el propósito de engañar, confundir o influir en la opinión pública. Pero más allá de su definición, lo preocupante es el poder que hoy tienen para moldear conductas, destruir reputaciones y alterar la percepción colectiva de la realidad.

Muchos temen hablar del tema por miedo a equivocarse, pero me atrevería a decir que las falsas noticias ya no pueden detenerse. Han hecho metástasis en los tuétanos sociales y se alimentan de la curiosidad, la ignorancia y, sobre todo, de la necesidad económica. En un mundo donde la atención es dinero, la mentira se ha convertido en una mercancía rentable.

Hoy uno de los titulares de los principales diarios del país decía:

> “Preocupa a la SIP las falsas noticias y el deterioro de la libertad de prensa en EE.UU.

Y aunque respeto el pronunciamiento de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), me parece una exageración, o quizás una expresión poco reflexionada. No percibo mala intención, sino una falta de comprensión sobre cómo ha cambiado la comunicación en la era digital, donde las voces ya no solo vienen de los medios tradicionales, sino del ciudadano común con un teléfono en la mano.

La SIP debe entender que los pueblos han despertado. La sociedad moderna no depende exclusivamente de los periódicos, la radio o la televisión para informarse. Las personas han asumido su derecho, consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a expresarse y difundir libremente su pensamiento. Es un derecho que también está protegido por las constituciones democráticas de las naciones, incluyendo la de los Estados Unidos.

En cuanto al origen de las falsas noticias, su intención es clara: obtener dinero rápido. Su escenario preferido son las redes sociales, especialmente plataformas monetizadas como YouTube o Facebook, donde algunos usuarios crean y difunden mentiras disfrazadas de verdad para ganar reproducciones, suscriptores y beneficios económicos. Lo hacen sin medir las consecuencias sociales ni morales que generan.

La SIP conoce bien este panorama. Sin embargo, detrás de algunas de sus denuncias parece esconderse otro propósito: controlar la libre expresión de los pueblos democráticos bajo el pretexto de “combatir la desinformación”. Y ese es un terreno peligroso, porque cuando se intenta decidir qué es verdad y qué no lo es, se corre el riesgo de silenciar las voces disidentes y limitar el pensamiento libre.

No se puede negar que la desinformación es un problema real. Pero también lo es la manipulación de los grandes medios, que a veces presentan una verdad parcial según sus intereses económicos o políticos. En ese sentido, la falsa noticia puede nacer tanto en un portal anónimo como en una redacción reconocida. El error o la manipulación, cuando sirven a intereses, dejan de ser inocentes.

Los pueblos tienen derecho a discernir por sí mismos, a comparar fuentes, a dudar y a opinar. La libertad de expresión no puede ser privilegio de unos pocos ni quedar sujeta a organismos que se autoproclaman guardianes de la verdad. La democracia se sostiene en la diversidad de opiniones, incluso en el riesgo de equivocarse, porque del contraste de ideas nace la conciencia colectiva.

La tecnología, aunque ha sido el vehículo de la desinformación, también es la herramienta que puede devolverle el poder al ciudadano. Hoy, más que nunca, el pueblo tiene voz, y eso incomoda a muchos sectores que por décadas monopolizaron la información y la opinión pública. La verdadera preocupación no debería ser la existencia de noticias falsas, sino la pérdida del pensamiento crítico que permite distinguir entre lo cierto y lo engañoso.

Por eso, más que temerle a las falsas noticias, debemos temerle a quienes pretenden decidir por nosotros qué creer. Porque en ese intento se esconde la semilla del autoritarismo. La verdad no necesita guardianes; necesita conciencia, educación y libertad. Y mientras los pueblos conserven esas tres, seguirán siendo dueños de su palabra y de su destino.