Por: Daniel Santana
En la vejez, lo más caro no es una pastilla, ni una cirugía, ni una cama cómoda.
Lo más caro… es el silencio.
Ese silencio que duele más que cualquier enfermedad;
el de una casa vacía donde antes sonaban risas, pasos y voces,
y hoy solo se escucha el eco del reloj marcando las horas que nadie llena.
Porque hay padres que no necesitan regalos,
solo una llamada, un “te quiero”, una visita o un abrazo sincero.
Pero los hijos, absorbidos por la rutina, siempre encuentran algo “más importante”.
Hasta que un día, el teléfono deja de sonar,
la silla queda vacía
y entonces llegan las flores, los lamentos y las lágrimas.
Pero ya es tarde.
Porque el amor que se da tarde no consuela,
y las palabras que se dicen frente a una tumba no sanan.
Cada día, muchos padres envejecen mirando por la ventana,
esperando un “ya voy” que nunca llega.
Y lo triste no es morir;
lo verdaderamente triste es sentir que te olvidaron estando vivo.
La sociedad moderna nos ha hecho más conectados con los teléfonos,
pero más distantes con los afectos.
Nos enseñaron a trabajar duro para darles “una mejor vida” a los nuestros,
pero olvidamos que la mejor vida se construye con presencia, no con dinero.
No esperes el ataúd para recordar que también tienes padres.
Ve hoy.
Llama hoy.
Abraza hoy.
Diles que los amas mientras aún pueden escucharte.
🕊️ El amor no se demuestra con flores en el cementerio,
sino con presencia mientras el corazón aún late.







